EL CHICO DE LOS LUNARES
Él despertó por tanto cariño en el pelo, sonriendo suspiro hondo y me tomo de la cintura, me apretó hacia él y nos besábamos como si fuese la primera vez.
Reímos, hablamos, él me escuchaba atento y luego cuando me respondía yo lo hacía, nos encantaba estar juntos.
Vimos que ya era la una de la tarde y aún no teníamos hambre, pero teníamos que levantarnos y comer algo.
Antes de salir de la cama él mirándome a los ojos tomó mi barbilla y me dio un apasionado beso que me quitaba el aliento me volteo contra él y luego acomodo mis piernas encima de las suyas. Volví a sentir la dureza y excitante fuerza con la que me hacia el amor, me movía muy fuerte una y otra vez hasta ya no poder más con la sensación de querer explotar y desbordarme, no quería que pare y él seguía y seguía, hasta que por fin ambos terminamos en un suave gran gemido más fuerte que los demás.
Voltee y lo mire, me reí sonrojada y despeinada, él me miro con esos ojos marrones que se apreciaba ternura hacia mí. Decidimos pedir para comer ahí, en la cama, por qué desperdiciar tiempo saliendo si nos teníamos el uno al otro.
Al llegar nuestra orden nos avisaron que ya llegó. Yo tome una bata blanca y me la puse, abrí la ventana y salí al balcón bajé mi mirada y nuestro pedido nos esperaba ahí, una moto de entregas, regrese a avisarle, descalza, él se ponía unos pantalones negros y unos mocasines, con una camisa color blanco perla sin abotonar bajo al primer piso por el pasadizo, yo volví mi mirada por el balcón y ya hacia abajo, veía como le entregaba nuestro pedido, una bolsa de papel algo grande, intercambiaban dinero y el repartidor se subió a su moto, encendiéndola retrocedió y se fue, el chico con esos mocasines cafés me miro y sonrió, subió corriendo por las gradas del pasadizo, yo fui a la cama y me acomode ahí lista para su llegada.
Él abrió la puerta y riendo me dijo: -la comida esta lista- ambos no parábamos de sonreír ni de reír, ese día fue el mejor de nuestras vidas.
Empezamos a comer todo lo que pedimos conversando y conversando hasta que acabamos la comida, pero la conversación seguía, parecía ser perfecto aquel momento, sin preocupaciones y sin acordarnos que existe un mundo allá afuera.
El atardecer ya se veía a lo lejos, los últimos rayos de luz se hacían naranja arosado, el día ya estaba por acabar.
Y yo recogí el celular del suelo, vi la hora, hizo que mi rostro de una sonrisa tenue cambió a una mirada de tristeza. Volví mi rostro a él y solo lo abracé con fuerza, soltando una lágrima que llegó a mi barbilla y pasó por su espalda.
Me tomo de ambos brazos y me dijo:_no importa yo siempre estaré aquí esperandote_ solo nuestras miradas expresaban el inmenso amor perfecto e imposible que nos teníamos-
Nos acostamos lentamente, nos cubrimos con esas sábanas blancas y así, viendo uno al otro, nos quedamos dormidos.
Yo no quería despertar, me reusaba abrir los ojos. Solo quería dormir y dormir y no salir de la cama.
Las sábanas ya no eran blancas, ya no había luz en la habitación, ya no había calor, ya no estaba mi chico de los lunares y pelo ondulado, mi chico de los ojos marrones, el hombre que amaba había muerto hace seis meses y aún no podía superarlo.
Estaba medicada por psiquiatras, pero eso no me ayudaba, alucinaba con él de vez en cuando, creyendo que ahí esta y no me dejo sola, lloro cada día hasta más no poder, solo veo grises en mis días.

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