HISTORIA INSPIRADA EN EL JUEGO DEL CALAMAR

En el rincón más oscuro de una ciudad sin nombre, una oferta tan tentadora como siniestra comenzó a circular entre los barrios más pobres. Prometían una suma de dinero suficiente para cambiar vidas, pero el costo no estaba claro. Entre los reclutados se encontraba un joven de 22 años que vivía en una casa diminuta junto a su madre enferma. La necesidad le hizo ignorar las banderas rojas y decidió participar.

La noche de su llegada al lugar fue un preludio del horror. Los participantes fueron conducidos en camionetas con ventanas cubiertas, amarrados de manos y pies, todos amontonados, viajando por horas hasta un sitio alejado. Al bajarlos, se encontraron frente a un edificio imponente de un antiguo colegio abandonado, cuyas paredes de colores pastel habían perdido su brillo bajo capas de suciedad y grietas. No había luz, salvo por la fría iluminación de linternas que portaban los hombres enmascarados que los escoltaban.

Aquel joven y los demás fueron conducidos al interior, donde el aire olía a humedad y descomposición. Las habitaciones, distribuidas de manera caótica, tenían propósitos macabros. Algunas eran dormitorios improvisados de espacios vacíos con el suelo cubierto de paja sucia. Otros cuartos, más grandes, estaban dedicados a pruebas terribles de tortura.

La primera noche comenzó con un anuncio macabro: “Prepárense para sobrevivir”. La voz provenía de un altavoz que se escuchaba distorsionado por lo antiguo que era; los lideres permanecían ocultos.

En la primera habitación había una piscina oscura y helada que ocupaba el centro del lugar. Cada participante fue amarrado con sogas y suspendido sobre el agua, apenas capaz de sumergir la cabeza. Uno por uno, los hombres enmascarados bajaban las poleas, dejando que los participantes probaran su resistencia al ahogamiento. Aquel joven que tenía un propósito, el de ganar su libertad por su madre, sintió que sus pulmones explotaban mientras luchaba por aire. Pasaron horas, varios no lo lograron y sus cuerpos fueron retirados del lugar sin saber que destinos les esperaba.

En la siguiente sala, los muros estaban adornados con instrumentos de tortura inspirados en la historia. Había cruces romanas, jaulas metálicas que comprimían cuerpos y una rueda de madera con correas. Joaquín fue obligado a girar la rueda mientras soportaba golpes de bastones eléctricos. Aquellos que colapsaban eran arrastrados fuera de la habitación por los hombres enmascarados.

Las últimas habitaciones pusieron a prueba no solo la resistencia física, sino también la moral. En una habitación, los participantes fueron armados y obligados a enfrentarse entre sí en combates. El joven protagonista, a pesar de su desespero, evitó matar, prefiriendo desarmar a su oponente. Su resistencia y astucia lo hicieron destacar ante los “jueces”, figuras vestidas con trajes negros y máscaras de animales, que observaban desde un estrado elevado.

La última prueba fue un enfrentamiento con la propia organización. Joaquín, tras semanas de pruebas brutales, había observado y aprendido. Sabía que los hombres enmascarados eran también peones. En un momento de descuido, logró desarmar a uno y usó su uniforme para infiltrarse entre los guardias. Descubrió que los “jueces” estaban en una sala de control, observando todo como si fuera un macabro espectáculo.

Con determinación y un ingenio aquel joven sobrevivió a todas las torturas y aquel grupo de jueces los dejaron libre, lo amarraron y pusieron al transporte, unas horas más tarde apareció cerca a su pueblo y caminando logro llegar a su casa, junto a su madre le enseño el dinero que había ganado, algo débil se quedó dormido en su cama, tranquilo, con vida y con su libertad.

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