DONDE HABITA EL AMOR



El amor no llega como trueno,
ni como relámpago que rompe el cielo.
Llega como un susurro en medio del ruido,
como un respiro que no sabías que te faltaba.

No se anuncia.
Se desliza en tu vida como la luz por la rendija,
tocando lo que parecía olvidado,
llenando grietas que creías permanentes.

El amor no es un milagro que cae del cielo,
es una constelación que se forma
con gestos pequeños,
con manos que no sueltan,
con miradas que se quedan
cuando todo lo demás se va.

El amor es un jardín sin mapas.
No se llega por caminos rectos,
sino por senderos torcidos llenos de dudas.
Pero cuando llegas, lo sabes:
todo florece incluso en la sombra.

Es café a media tarde,
sin necesidad de palabras.
Es ese “ya llegué” que calma,
ese “te escucho” que abraza.

El amor no necesita demostrar que existe.
Respira contigo,
llora contigo,
crece contigo.

Es refugio,
pero también viento en la espalda
que te empuja a volar más alto.
No te encierra,
te expande.
No te corta las alas,
te enseña a usarlas.

A veces llega cuando ya no creías,
y se sienta contigo sin pedir permiso,
limpia el polvo de tus ruinas,
y dice:
“no vine a salvarte,
vine a acompañarte mientras tú misma te salvas.”

El amor es humano,
se equivoca, se rompe, se reconstruye.
No es perfecto,
pero cuando es verdadero…
sana, edifica, y permanece.

Así es el amor que vale.
Ese que no grita,
pero se queda.
Ese que no se promete,
pero se demuestra.

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