GUERREROS Y DRAGONES
En una era de acero y ceniza, cuando los castillos se alzaban como garras contra el cielo y las coronas se manchaban de sangre para conservarse en la cabeza, los dragones eran más que leyendas: eran amenaza, arma y castigo. Nadie sabía de dónde venían, pero todos conocían sus consecuencias. Cada aldea quemada, cada bosque en sombras, llevaba su firma de fuego.
Los humanos, cansados de la masacre, se unieron bajo una sola bandera: no por reyes ni por fe, sino por supervivencia. Guerreros de distintos reinos enterraron sus rencores y afilaron sus hojas con un solo propósito: cazar a las bestias. De las montañas heladas del norte a los desiertos partidos del sur, una sola orden resonaba: matar o morir.
Los dragones, sin embargo, no eran solo fuerza y llama. Tenían sus clanes, su código y su orgullo. Para ellos, los humanos eran plaga que se multiplicaba sin medida, cortaba árboles sagrados y profanaba cuevas antiguas. Habían tolerado siglos de invasión hasta que uno de los suyos cayó por mano humana. Entonces se rompió el equilibrio. La guerra no era opción: era deuda.
La primera gran batalla estalló en el Valle de los Tres Ríos. Allí, bajo una lluvia de flechas encantadas y rugidos que desgarraban el cielo, los dos mundos se encontraron. Los humanos habían construido catapultas con lanzas hechas de hueso de Wyrm*, forjadas en fuego robado de un volcán extinto. Los dragones descendieron en formación, como tormenta viva, escupiendo fuego líquido y aleteando con fuerza suficiente para voltear murallas.
Entre los guerreros estaba uno sin nombre, un líder forjado en derrotas, marcado por la pérdida de su clan. No creía en la gloria, solo en la victoria. Junto a él, una escuadra de cazadores expertos que hablaban poco y mataban rápido. El plan era simple: atraer al alfa de los dragones y encerrarlo en el círculo de hierro maldito.
Pero los dragones también tenían su líder. No el más grande, sino el más antiguo. Aquel cuyas alas estaban rasgadas por guerras que los humanos ni siquiera recordaban. Volaba sin miedo, y cuando rugía, el mundo temblaba. Fue él quien atravesó el cielo como un cometa de hueso y fuego, directo hacia el corazón del ejército humano.
El choque fue brutal. Tierra y cielo se fundieron en una danza de muerte. Lanzas contra garras. Acero contra escama. Algunos dragones cayeron, pero también los humanos pagaron con sangre. El líder sin nombre logró herir al anciano con una lanza atravesada en el pecho, pero el dragón, antes de caer, atrapó al guerrero entre sus garras y lo lanzó contra la montaña.
Cuando despertó, el campo era humo y ceniza. Ni humanos ni dragones ganaron. Fue una masacre. Solo unos pocos sobrevivientes, dispersos, rotos, con la memoria de lo que fue.
Desde entonces, las batallas no cesaron, pero tampoco se repitieron con la misma furia. Ambos bandos entendieron que la guerra abierta solo dejaba cadáveres. Así nació un nuevo tipo de combate: ataques por sorpresa, alianzas por traición, emboscadas silenciosas.
Los dragones no se extinguieron. Los humanos no se rindieron. Siguen luchando, en las sombras, bajo nuevas lunas. Porque en ese mundo medieval donde el honor era tan valioso como el acero, y la muerte tan común como el pan, no hay tregua real.
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*¿Qué es un Wyrm?
En la mitología y literatura fantástica, un Wyrm es una variante de dragón, generalmente más primitiva o serpentina. Su aspecto suele ser alargado, sin alas o con alas muy rudimentarias, y vive bajo tierra o en cavernas profundas. Se les asocia con magia antigua, maldiciones, o sabiduría ancestral.
Es un material raro y poderoso. Puede ser más duro que el acero, resistente a la magia, o contener propiedades místicas. Usarlo para hacer armas o artefactos implica que fueron forjados con gran esfuerzo, quizá incluso robados de un cadáver sagrado o venciendo a una criatura legendaria.

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