ESTA NOCHE SANGRIENTA - Halloween

Nunca olvidaré lo que pasó esa noche.

Al principio parecía una reunión cualquiera. Solo éramos unos cuantos encerrados en una casa vieja, rodeados de risas, música y el olor a comida que todavía salía de la cocina. Pero había algo en el aire, algo extraño, como si la casa misma respirara con nosotros.

La primera señal fue la luz. Todas las bombillas parpadearon al mismo tiempo, como si alguien hubiera apagado y encendido el interruptor en un segundo. Las risas se cortaron. El silencio pesó. Y entonces, se escuchó.

Un golpe seco en la puerta principal.

Nadie tuvo el valor de abrir. Creímos que era una broma de alguien más, hasta que los golpes se hicieron más fuertes. No eran de una mano normal. Retumbaban como si un mazo gigante estuviera destrozando la madera.

Las ventanas comenzaron a temblar. Las cortinas se agitaban aunque no había viento. Y en medio de la oscuridad, vi algo que me heló la sangre: unas huellas de barro formándose solas en el piso, entrando desde la puerta hacia nosotros.

El caos comenzó.

Alguien gritó. Otro corrió hacia la cocina, pero la puerta se cerró sola con un golpe tan fuerte que el vidrio se hizo añicos. El olor metálico del miedo estaba en el aire.
Y entonces, lo escuchamos.

Una risa.

No era humana. Retumbaba desde todas partes de la casa, como si las paredes se burlaran de nosotros.

Las luces volvieron de golpe, y ahí estaba. Una figura en el centro de la sala. No tenía rostro, solo una mancha negra que se movía, retorciéndose como humo. Pero de su cuerpo caía líquido rojo, goteando al suelo, tiñendo las huellas de barro en sangre fresca.

Nos miraba sin ojos.

Yo sentía que su atención estaba sobre mí.

Los demás comenzaron a correr, tropezando, empujándose, golpeando puertas que no se abrían. La figura avanzaba lentamente, como si disfrutara de nuestra desesperación. Cada paso suyo apagaba una lámpara, cada gota de su sangre ensuciaba más el piso, como si la casa entera se llenara de muerte.

Recuerdo que me quedé paralizado, las lágrimas cayéndome sin control, la garganta cerrada por el terror. Pensaba que todo terminaría ahí, que esa noche no vería el amanecer.

Lo último que sentí fue un frío indescriptible. La figura me tocó el brazo. No dolió, pero mi piel se marcó como si hubieran quemado un símbolo en ella.

Y entonces todo se apagó.

Al despertar, estaba solo en la sala. La casa vacía, en silencio, cubierta de manchas rojas secas en el piso y paredes. Nadie más estaba ahí. Ni un cuerpo. Nada.

Solo yo… y la marca en mi piel, que aún arde como si esa sombra me hubiera elegido.


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