ERA VASTO, PELIGROSO Y MÁGICO
Todo empezó en aquel valle donde el tiempo parecía detenerse a descansar. Mi hogar era un pueblo de casas hechas con piedras de río, redondas y suaves, que guardaban el calor del sol hasta bien entrada la noche. El aire siempre olía a leña quemada y a pan recién horneado con hierbas dulces.
La gente allí tenía las manos ásperas por el trabajo con la tierra y la madera, pero sus miradas eran siempre suaves. Eran personas que conocían el nombre de cada viento y sabían cuándo iba a llover solo por cómo cantaban los grillos. Yo era una más entre ellos, aunque siempre sentí que mis pies picaban por caminar más allá de la colina donde terminaban nuestros campos de cultivo, justo donde empezaba el bosque de árboles de corteza plateada.
Esa noche, la tranquilidad se rompió.
La luna estaba llena, inmensa y de un blanco tan puro que dolía mirarla. Yo estaba en el límite del bosque, recogiendo unas flores nocturnas que solo abren sus pétalos bajo esa luz específica, cuando el silencio del bosque se transformó en un rugido que me hizo vibrar los huesos.
No era un animal normal.
Lo que salió de entre las sombras era una criatura de pesadilla y belleza a partes iguales. Era enorme, más alto que cualquier caballo, una bestia felina cubierta de un pelaje que no era negro, sino del color del espacio profundo entre las estrellas. Sus ojos eran dos pozos de mercurio líquido, brillantes y salvajes.
Se abalanzó sobre mí. El impacto me tiró al suelo, el aire escapó de mis pulmones. Sentí el peso de una montaña sobre mi pecho y unas garras, largas como dagas, rasgando la tela de mi ropa. Cerré los ojos, esperando el final.
Pero el golpe final nunca llegó.
Abrí los ojos. La bestia estaba sobre mí, respirando agitadamente, su aliento caliente olía a ozono y metal. En esos ojos de mercurio no vi maldad. Vi pánico. Vi una confusión antigua y dolorosa. La criatura temblaba, no de furia, sino como si estuviera luchando contra su propia piel.
Entonces llegaron ellos.
El sonido de cuernos de caza rompió el momento. Un grupo de hombres del pueblo, y otros forasteros vestidos con cuero endurecido y armados con lanzas de puntas dentadas, irrumpieron en el claro. Eran los cazadores de "trofeos", hombres que no respetaban el equilibrio, solo la conquista.
—¡Ahí está la bestia lunar! —gritó uno, levantando una ballesta pesada.
El animal sobre mí rugió, pero era un rugido defensivo. Se tensó para saltar hacia ellos.
En ese instante, lo entendí todo. Miré hacia arriba. La luna llena pulsaba en el cielo, y cada vez que su luz se intensificaba, los músculos de la criatura se contraían involuntariamente. No era un monstruo sediento de sangre; era una víctima de su propia naturaleza, esclavo de la marea de luz plateada que inundaba sus instintos, volviéndolo loco de pura energía.
Los cazadores dispararon la primera red.
No lo pensé. El instinto fue más rápido que la razón. Me levanté de un salto, interponiéndome entre las lanzas y la criatura.
—¡No! —grité, extendiendo los brazos. La red me golpeó el hombro, pero logré desviarla—. ¡No es malvado! ¡Solo está asustado!
Los hombres vacilaron un segundo, confundidos al verme defender a lo que ellos consideraban un demonio. Pero la codicia en sus ojos pudo más.
—¡Apártate, niña! —bramó el líder—. ¡Esa cosa es peligrosa!
Avanzaron. Yo no tenía armas, pero tenía algo que siempre había escondido en el pueblo: una extraña afinidad con el entorno. Me concentré en la tierra bajo sus pies, en las raíces que sobresalían. Cuando cargaron, las raíces se levantaron como serpientes de madera, tropezando a los primeros tres hombres.
La criatura, al ver que yo no era su enemiga, sino su escudo, dejó de gruñir. Sentí su enorme cabeza empujar suavemente mi espalda, como pidiendo permiso.
—Confía en mí —susurré, más para mí que para él.
Me giré y puse una mano sobre su hocico. La piel estaba ardiendo. Pude sentir la tormenta eléctrica que ocurría dentro de su mente culpa de la luna.
—Lucha contra eso —le dije, mirándolo fijamente a esos ojos plateados—. Tú eres más fuerte que la luz.
Los cazadores se reagruparon, más furiosos ahora. Una flecha voló y rozó el flanco de la bestia. Rugió de dolor.
—¡Basta! —grité. Una oleada de energía pura salió de mis manos, levantando una cortina de polvo y hojas que cegó temporalmente a los atacantes.
Sabía que no podía ganar esa pelea. Eran demasiados, y el pueblo que amaba ya no sería un lugar seguro para mí después de esto. Había elegido mi bando.
Miré a la criatura. Ella me miró a mí. En ese segundo, se forjó un pacto sin palabras. No necesitaba domarla, y ella no necesitaba matarme. Nos necesitábamos para sobrevivir.
—¡Corre! —le grité, señalando la profundidad del bosque, lejos del valle, hacia las montañas inexploradas.
La bestia no corrió sola. Se agachó en un movimiento fluido, ofreciéndome su lomo. Sin dudarlo, trepé, agarrándome a su pelaje de noche estrellada.
Saltó. Fue como montar un relámpago.
Dejamos atrás los gritos de los hombres y las luces cálidas de las casas de piedra. El viento golpeaba mi cara mientras la criatura se movía con una velocidad imposible entre los árboles antiguos. Sentía sus poderosos músculos moverse bajo mis piernas, una fuerza de la naturaleza que ahora era mi aliada.
Miré hacia atrás una última vez, despidiéndome de la vida tranquila que conocía. Luego, miré hacia adelante, hacia la oscuridad del bosque profundo, montada en el lomo de una leyenda, bajo la luz de una luna que ya no nos daba miedo. El mundo era vasto, peligroso y mágico, y por primera vez, yo era verdaderamente parte de él.

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