LA PROMESA DE MEDIA NOCHE
La nieve no caía; atacaba. Era una cortina blanca y furiosa que borraba el horizonte, convirtiendo el bosque en un laberinto de sombras y hielo. Él ajustó las correas de su mochila, sintiendo cómo el frío se colaba por las costuras de su abrigo desgastado. Sabía que detenerse significaba morir, pero continuar parecía una locura.
Aun así, tenía que llegar.
En su bolsillo interior, protegido contra su propio pecho, llevaba el objeto. No era grande, ni pesado, ni siquiera valioso para el mundo exterior, pero para la mujer que esperaba al otro lado del paso de montaña, lo era todo.
El viento aulló, un sonido gutural que precedió al crujido.
De repente, el suelo bajo sus botas cedió. Una placa de hielo oculta bajo la nieve fresca se quebró. Él reaccionó por instinto, lanzándose hacia la derecha justo cuando el sendero se desmoronaba hacia el vacío del barranco. Sus manos enguantadas arañaron la roca helada, buscando desesperadamente un agarre. Sus piernas quedaron colgando en el abismo, balanceándose sobre una caída de cincuenta metros.
El corazón le martilleaba en la garganta. Con un gruñido de esfuerzo, clavó la punta de su bota en una grieta y tiró de su propio peso hacia arriba. Sus músculos ardían. La tormenta intentaba empujarlo hacia abajo, pero él no se soltó. Con un último tirón violento, logró rodar hacia tierra firme, jadeando, con la cara pegada a la nieve helada.
No hubo tiempo para celebrar. Un aullido real, no del viento, cortó el aire.
Se puso de pie tambaleándose. A unos veinte metros, entre los árboles, dos pares de ojos amarillos brillaban en la oscuridad. Lobos. El invierno había sido duro para todos, y ellos también tenían hambre.
Él no llevaba armas, solo una bengala de emergencia y su determinación. Los animales se acercaron, gruñendo bajo, calculando la distancia. El hombre sabía que si corría, lo cazarían. Se mantuvo firme, sacó la bengala y, con manos temblorosas por la adrenalina, tiró de la cuerda.
Una luz roja, sibilante y cegadora, estalló en la noche gris.
Él gritó, un sonido salvaje que compitió con la tormenta, y agitó la luz ardiente hacia las bestias. Los lobos, cegados por el fulgor y asustados por la agresividad de la presa, recularon. El líder de la manada soltó un bufido de frustración y se dio la vuelta, desapareciendo en la blancura.
Aprovechando la luz roja que se consumía, él corrió. Corrió hasta que sus pulmones parecieron llenos de cristal molido.
Horas después, cuando la tormenta comenzó a amainar, vio la luz.
Era un punto dorado y diminuto en la distancia. Una ventana. La cabaña estaba medio sepultada por la nieve, pero el humo de la chimenea prometía vida. Sus pasos se hicieron pesados, pero la visión de la meta le dio la fuerza que le faltaba a sus piernas.
Llegó a la puerta y golpeó tres veces, con el puño pesado y entumecido.
La puerta se abrió casi al instante. El calor que emanó del interior golpeó su rostro congelado como una bendición.
Allí estaba ella. Su rostro estaba marcado por los años y la preocupación, con el cabello gris recogido en un moño desordenado. Sus ojos se llenaron de lágrimas al verlo cubierto de escarcha, vivo. No se dijeron nada al principio; ella simplemente lo agarró del brazo y lo arrastró hacia el calor del fuego.
Solo cuando él pudo sentir sus dedos de nuevo, metió la mano en el abrigo y sacó el objeto. Era una pequeña caja de madera tallada, vieja y sin brillo.
—Pensé que no llegarías —susurró la mujer, tomando la caja como si fuera de cristal.
—Prometí que lo haría antes de la medianoche —respondió él con la voz ronca.
Ella abrió la caja. Dentro no había joyas. Solo había una vieja fotografía en blanco y negro de un niño sonriendo y una carta amarillenta que nunca había llegado a su destino hacía cuarenta años. Era la última pieza de una historia rota que necesitaba sanar esa Nochebuena.
La mujer levantó la vista, y por primera vez en años, sonrió con verdadera paz. Él se dejó caer en el sillón frente al fuego, mirando cómo las llamas bailaban. Afuera, la tormenta seguía rugiendo, pero dentro, la guerra contra el invierno había terminado.
Habían ganado. Era Navidad.

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